La
educación forma parte de la vida, y como parte de ésta, tiene que reflejarla.
El aula tiene que ser un equivalente a la vida real. Pero, por desgracia, eso
no es así. Hoy en día la educación se centra mucho en la formación, en la
adquisición de comportamiento, y no tanto en cualificar a personas en un
desarrollo integral y prepararlas para vivir fuera de la burbuja de sus casas.
Hay
aulas y aulas. Aulas que intentan llevar a cabo un aprendizaje significativo,
que potencian al máximo la educación (que no formación) del alumno. En cambio,
hay aulas que no. Aulas aisladas, incomunicadas, desconectadas. Desconectadas
no sólo del mundo, sino entre los alumnos también. Con unas pautas fijas, que
impiden que el alumno sea activo. No sólo que sea pasivo, sino que no le da la
oportunidad de ser partícipe de su educación más allá de corrigiendo ejercicios
en clase.
Así
que pongamos el foco y el modelo en las aulas que hacer partícipe al alumno,
que son dinámicas, que hacen que el proceso de aprender sea significativo, sea
real, sea precioso, sea un aprendizaje, no una formación. Algo que parece tan
simple como la organización del espacio, es un punto clave para su movilidad,
participación y espíritu de grupo. Además de crear espacios fuera del aula
donde puedan seguir aprendiendo. Y más allá del espacio físico del aula, es
importante las relaciones que se establecen dentro del aula, que haya como base
un respeto. Un ambiente óptimo para el pleno desarrollo de su educación. En
definitiva, lo ideal es un aula bien distribuida, con buena comunicación, un
ambiente agradable, para poder aprender. Y ese aprendizaje ha de ser
significativo, no mera formación, sino una preparación para la vida.
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